El Guadalete no se desborda: vuelve a su territorio
Escribía Miguel de Unamuno que “El agua es la conciencia del paisaje” y que la del río es una “Conciencia viviente, conciencia movediza”. En el caso del Guadalete, su paisaje solo se entiende a través del agua.
Hablamos de un paisaje muy llano, donde la diferencia de altura entre el cauce y la vega es de apenas unos metros (Figura 1). Por ejemplo, la vega situada al pie de los Cejos del Inglés se encuentra entre 7 y 8 metros sobre el nivel del mar, mientras que el cauce del río está en torno a los 5 metros. En el entorno del Puente de Cartuja, el río se sitúa a unos 4,3 metros y la zona próxima de Las Pachecas entre 6 y 7. En La Corta, el Guadalete discurre a 3,9 metros y su llanura inmediata se sitúa entre 5 y 6 metros.
Hasta mediados del siglo XX, el bajo Guadalete era precisamente eso: un paisaje fluvial activo. La presencia de cauces secundarios, playas de arena, depósitos de cantos y gravas o paleocauces —antiguos cauces abandonados— indica que el río era un sistema vivo, con capacidad para redistribuir continuamente sedimentos y modificar su trazado. En la fotografía aérea de 1956 aún pueden verse con claridad los restos de antiguos paleocauces del Guadalete (Figura 3) y las zonas activas del río (Figura 4).
Cuando el río tenía más energía —en episodios de crecida o en periodos climáticos más inestables— era capaz de arrastrar gravas y cantos desde zonas altas de la cuenca y depositarlos en los tramos medio y bajo. Con el paso del tiempo, esos depósitos gruesos quedaron cubiertos por materiales más finos, como arenas y limos, que se acumulan cuando el agua se desborda y pierde velocidad al extenderse por la vega. Los estudios geomorfológicos del bajo Guadalete muestran que la llanura actual es el resultado de una sucesión de fases de erosión y de relleno, en las que el río ha ido excavando su valle y, posteriormente, colmatándolo con nuevos sedimentos.
En términos sencillos, la vega no es un terreno “firme” en sentido geológico, sino un espacio construido por el propio río. Bajo los suelos agrícolas actuales existe una alternancia de gravas, arenas y limos que refleja antiguos cauces, episodios de inundación y cambios en la dinámica fluvial a lo largo de los últimos 10.000 años (Figura 6).
Antes de la época actual, cuando el clima era más frío y el nivel del mar estaba mucho más bajo, el Guadalete tenía mayor capacidad de erosión. El río excavó el valle y transportó grandes cantidades de cantos y gravas, que quedaron depositados en distintos niveles. Hoy esos niveles se reconocen como terrazas fluviales.
El mapa geológico y los estudios del subsuelo muestran, además, que este espacio ha estado permanentemente condicionado por la dinámica fluvial.
Por todo ello, conviene tener presente que las inundaciones del Guadalete se producen en un territorio definido y modelado por la acción del río y sus crecidas (Figura 8). Ha sido así durante los últimos 10.000 años y, con matices, seguirá siéndolo en el futuro.
En definitiva, el tramo bajo del Guadalete es un paisaje construido por el agua a lo largo de miles de años. La llanura, los meandros, los depósitos de sedimentos y las terrazas no son elementos aislados, sino piezas de un mismo sistema fluvial que ha ido modelando el territorio de forma continua. Las zonas que hoy se inundan coinciden, en gran medida, con ese espacio que el río ha ocupado históricamente para desbordarse, perder velocidad y redistribuir sedimentos. Entender este paisaje como territorio fluvial —y no como un suelo cualquiera— permite comprender que las inundaciones no son un fenómeno excepcional, sino el funcionamiento natural de un río que, cuando aumentan los caudales, vuelve a ocupar el espacio que él mismo ha construido.






