Inundaciones y vulnerabilidad en el Bajo Guadalete
Las inundaciones en el Bajo Guadalete son un peligro natural inherente a la naturaleza de este espacio. El territorio del Bajo Guadalete es lo que es por el río y sus inundaciones. Los distintos episodios que se han desarrollado durante el último siglo nos enseñan que se suceden de forma recurrente cada cierto tiempo — en intervalos de 10 y 15 años— y con distinta intensidad y magnitud.
Frente a un fenómeno natural propio del territorio y el mundo mediterráneo, y que está siendo intensificado por el cambio climático, las alternativas pasan por adaptarse y convivir. Como diría Bruce Lee en un famoso anuncio de una marca de coches; Be water my friend —sé agua, amigo—.
Y el anuncio terminaba con una frase que decía lo siguiente: no te adaptes a la carretera, sé la carretera —en nuestro caso sería, no te adaptes a la inundación, sé la inundación—
La exposición a las inundaciones en el Guadalete
El valle del Guadalete es también el corazón de la zona rural de Jerez. En él se desarrolla una importante actividad agrícola, con cerca de 12.000 hectáreas de cultivos de regadío. Además, el valle funciona como un corredor natural de comunicaciones, con un nodo estratégico situado en el entorno de Cartuja.
Se trata de un espacio muy expuesto a las crecidas e inundaciones del Guadalete. Y lo hemos hecho a conciencia, porque el desarrollo del territorio desde la década de los años 50 del siglo pasado se ha llevado a cabo sobre la propia zona inundable y el aprovechamiento de los recursos del río, tanto sus caudales como el fértil suelo de la vega.
A principios del siglo XX el Bajo Guadalete era un espacio que conservaba los rasgos todavía de frontera medieval: una zona despoblada, dominada por grandes propiedades dedicadas a la agricultura de secano y especialmente la ganadería extensiva. Un paisaje formado por un mosaico de zonas cultivadas, marismas, pastizales, dehesas, etc. La cartografía histórica, y especialmente los mapas de 1917 y el vuelo americano de 1947, nos muestran un territorio donde la población vivía en cortijos dispersos y chozas.
Un espacio expuesto… y vulnerable
Las barriadas de La Corta y El Portal, surgidas como asentamientos espontáneos vinculados al río Guadalete, así como los diseminados de La Greduela, Las Pachecas o Los Repastaderos, se encuentran entre los espacios habitados más sensibles frente a las inundaciones. Su proximidad al río, la escasa diferencia de altura respecto al cauce y su ubicación dentro de la llanura de inundación los convierten en algunos de los puntos más vulnerables del valle ante episodios de crecidas.
Las infraestructuras de transporte constituyen otro elemento especialmente vulnerable, a pesar de su papel fundamental en la articulación territorial de la zona rural de Jerez y su conexión con los principales núcleos urbanos de la provincia. El caso más significativo es el entorno de Cartuja, que funciona como un nudo estratégico de comunicaciones entre la Bahía de Cádiz, la Bahía de Algeciras, el Campo de Gibraltar y Sevilla. Por este punto cruzan el río la AP-4 y la autovía Jerez–Los Barrios, dos ejes históricos de conexión que también se ven afectados cuando el Guadalete se desborda. Estas vías, en algunos puntos, actúan como barreras que cortan transversalmente el río y la zona inundable, dificultando la circulación del agua en momentos de avenidas.
Cuando el Guadalete se desborda, estas infraestructuras dificultan el drenaje natural de la llanura de inundación. El agua tarda más tiempo en evacuarse y se ve obligada a circular por espacios más limitados, alterando el comportamiento natural de las crecidas.
Las inundaciones de 2010 pusieron de manifiesto la importancia de este problema. Desde entonces se han llevado a cabo algunas actuaciones para mejorar el drenaje en determinados puntos, pero el problema sigue presente.
Todo lo anterior nos pone delante del espejo de las inundaciones. Durante décadas, la gestión del riesgo de inundación se ha centrado principalmente en intentar controlar el peligro natural que representan las crecidas del río. Sin embargo, la experiencia demuestra que esta estrategia no solo resulta insuficiente, sino que ha contribuido a aumentar la exposición y la vulnerabilidad.
Reducir el riesgo pasa también por actuar sobre la exposición y la vulnerabilidad del territorio. Es decir, por repensar cómo ocupamos la llanura de inundación y cómo convivimos con el río, cuestión que abordaremos en la última publicación de esta serie.




