El Guadalete no se desborda: vuelve a su territorio

Escribía Miguel de Unamuno que “El agua es la conciencia del paisaje” y que la del río es una “Conciencia viviente, conciencia movediza”. En el caso del Guadalete, su paisaje solo se entiende a través del agua.

El paisaje del tramo bajo del río Guadalete se explica, en gran medida, por la acción del río durante los últimos 10.000 años. Desde el final de la última glaciación, la dinámica fluvial del Guadalete —con su régimen de crecidas, inundaciones y depósito de sedimentos— ha ido modelando una amplia llanura aluvial. A partir de Torrecera, la llanura que acompaña al río desde Zahara, en el tramo alto de la cuenca, se va haciendo progresivamente más amplia y, al llegar a la zona de los Llanos de La Ina, alcanza su máxima extensión. En varios puntos, la vega inundable del Guadalete llega a superar los 4 kilómetros de anchura.

Hablamos de un paisaje muy llano, donde la diferencia de altura entre el cauce y la vega es de apenas unos metros (Figura 1). Por ejemplo, la vega situada al pie de los Cejos del Inglés se encuentra entre 7 y 8 metros sobre el nivel del mar, mientras que el cauce del río está en torno a los 5 metros. En el entorno del Puente de Cartuja, el río se sitúa a unos 4,3 metros y la zona próxima de Las Pachecas entre 6 y 7. En La Corta, el Guadalete discurre a 3,9 metros y su llanura inmediata se sitúa entre 5 y 6 metros.

Modelo digital del terreno en el tramo La Ina-El Portal, Jerez de la Frontera. Elaborado a partir del MDT05 del IGN
Figura 1: Modelo digital del terreno en el tramo La Ina-El Portal, Jerez de la Frontera. Elaborado a partir del MDT05 del IGN
El río ha ido formando así una amplia depresión entre los relieves que delimitan la campiña, configurando un valle de fondo muy plano, casi con forma de “sartén”, donde el agua se expande con facilidad cuando aumenta el caudal.
Detalle del mapa geológico del tramo bajo del río Guadalete. IGME
Figura 2: Detalle del mapa geológico del tramo bajo del río Guadalete. IGME
Sobre esta llanura se desarrolla el curso del Guadalete con un trazado claramente meandriforme. Los meandros se generan en espacios con muy poca pendiente, donde el agua circula lentamente y describe curvas amplias: erosiona las orillas externas y deposita sedimentos en las internas. Este proceso provoca el desplazamiento progresivo del cauce y la construcción de un paisaje fluvial dinámico y cambiante.

Hasta mediados del siglo XX, el bajo Guadalete era precisamente eso: un paisaje fluvial activo. La presencia de cauces secundarios, playas de arena, depósitos de cantos y gravas o paleocauces —antiguos cauces abandonados— indica que el río era un sistema vivo, con capacidad para redistribuir continuamente sedimentos y modificar su trazado. En la fotografía aérea de 1956 aún pueden verse con claridad los restos de antiguos paleocauces del Guadalete (Figura 3) y las zonas activas del río (Figura 4).

Antiguos cauces del Guadalete en el entorno de Jerez. Restitución a partir de la fotografía de 1956 (izquierda) y la actualidad (derecha)
Figura 3: Antiguos cauces del Guadalete en el entorno de Jerez. Restitución a partir de la fotografía de 1956 (izquierda) y la actualidad (derecha)
Cauce del Guadalete en el entorno de Majarromaque. Año 1956
Figura 4: Cauce del Guadalete en el entorno de Majarromaque. Año 1956
Mapa geomorfológico de la llanura del Guadalete. “El paisaje fluvial del Bajo Guadalete”. Antonio Figueroa Abrio, 2001. Inédito.
Figura 5: Mapa geomorfológico de la llanura del Guadalete. “El paisaje fluvial del Bajo Guadalete”. Antonio Figueroa Abrio, 2001. Inédito.
También hay otros elementos que no se perciben a simple vista, pero que hablan claramente del carácter fluvial de la vega del Guadalete: los cantos, las gravas y los limos que aparecen en el subsuelo. Estos materiales no están ahí por casualidad. Son sedimentos transportados por el propio río durante miles de años y que hoy constituyen la base de la llanura de inundación.

Cuando el río tenía más energía —en episodios de crecida o en periodos climáticos más inestables— era capaz de arrastrar gravas y cantos desde zonas altas de la cuenca y depositarlos en los tramos medio y bajo. Con el paso del tiempo, esos depósitos gruesos quedaron cubiertos por materiales más finos, como arenas y limos, que se acumulan cuando el agua se desborda y pierde velocidad al extenderse por la vega. Los estudios geomorfológicos del bajo Guadalete muestran que la llanura actual es el resultado de una sucesión de fases de erosión y de relleno, en las que el río ha ido excavando su valle y, posteriormente, colmatándolo con nuevos sedimentos.

En términos sencillos, la vega no es un terreno “firme” en sentido geológico, sino un espacio construido por el propio río. Bajo los suelos agrícolas actuales existe una alternancia de gravas, arenas y limos que refleja antiguos cauces, episodios de inundación y cambios en la dinámica fluvial a lo largo de los últimos 10.000 años (Figura 6).

Esa historia sedimentaria explica por qué estas zonas son naturalmente inundables: forman parte del territorio que el río ha ocupado repetidamente para disipar su energía y redistribuir sedimentos.
Perfil compuesto del tramo inferior que combina los resultados de los transectos de sondeos “La Ina”
Figura 6: Perfil compuesto del tramo inferior que combina los resultados de los transectos de sondeos “La Ina” y “Medina”. Wolf, D., Seim, A. and Faust, D. (2014), Fluvial system response to external forcing and human impact, Guadalete River, Spain. Boreas, 43: 422-449. https://doi.org/10.1111/bor.12044
Otro elemento clave para entender la historia del Guadalete son las terrazas fluviales, esas superficies ligeramente elevadas que aparecen en los bordes del valle. Aunque hoy puedan parecer simples lomas, en realidad son antiguos niveles del río que muestran la dimensión que tuvo el sistema fluvial en otros momentos de su evolución.

Antes de la época actual, cuando el clima era más frío y el nivel del mar estaba mucho más bajo, el Guadalete tenía mayor capacidad de erosión. El río excavó el valle y transportó grandes cantidades de cantos y gravas, que quedaron depositados en distintos niveles. Hoy esos niveles se reconocen como terrazas fluviales.

Detalle de una de las terrazas fluviales del Guadalete en el Palmar del Conde. Tomada de Entorno a Jerez en el artículo Elefantes, hipopótamos y rinocerontes en el Guadalete
Figura 7: Detalle de una de las terrazas fluviales del Guadalete en el Palmar del Conde. Tomada de Entorno a Jerez en el artículo Elefantes, hipopótamos y rinocerontes en el Guadalete. Un paseo en el tiempo por El Palmar del Conde.
Por eso, las terrazas pueden entenderse como auténticos “escalones del paisaje”: marcas que indican por dónde circulaba el río en el pasado y a qué altura lo hacía. Son, en cierto modo, la memoria geográfica de las distintas posiciones que ha ocupado el Guadalete a lo largo de miles de años.

El mapa geológico y los estudios del subsuelo muestran, además, que este espacio ha estado permanentemente condicionado por la dinámica fluvial.
Por todo ello, conviene tener presente que las inundaciones del Guadalete se producen en un territorio definido y modelado por la acción del río y sus crecidas (Figura 8). Ha sido así durante los últimos 10.000 años y, con matices, seguirá siéndolo en el futuro.

En definitiva, el tramo bajo del Guadalete es un paisaje construido por el agua a lo largo de miles de años. La llanura, los meandros, los depósitos de sedimentos y las terrazas no son elementos aislados, sino piezas de un mismo sistema fluvial que ha ido modelando el territorio de forma continua. Las zonas que hoy se inundan coinciden, en gran medida, con ese espacio que el río ha ocupado históricamente para desbordarse, perder velocidad y redistribuir sedimentos. Entender este paisaje como territorio fluvial —y no como un suelo cualquiera— permite comprender que las inundaciones no son un fenómeno excepcional, sino el funcionamiento natural de un río que, cuando aumentan los caudales, vuelve a ocupar el espacio que él mismo ha construido.